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Los juegos en la cultura y la cultura en los juegos

En español se utiliza la palabra “juego” para referirse a múltiples cuestiones: desde el ajedrez hasta el baloncesto, recurrimos a la misma designación admitiendo que ambas merecen llevar el mismo nombre. ¿Tienen realmente estas dos actividades algo que ver? Muchos dirán que no y otros, lo contrario; sin embargo, en ambos casos existirá consenso en torno a la idea de que se trata de dos actividades de carácter lúdico.

A pesar de esto, a través del uso de “juego” es posible hacer referencia a otros muchos aspectos de la vida que se pueden tomar totalmente en serio: ¿qué hay del juego del amor? ¿y del “arte de la guerra”?

El antropólogo Johan Huizinga en su obra Homo Ludens se plantea precisamente esta duda. ¿De qué deriva ese uso tan general de la palabra “juego” en distintas lenguas indoeuropeas? Desde la perspectiva del autor holandés, la mayor parte de aspectos importantes de la vida están basadas directamente en las reglas de diferentes juegos: el carácter competitivo del derecho a través de los juicios, la humillación del contrario en el ámbito bélico (con sus normas correspondientes), la estética lúdica de muchas ceremonias religiosas…

La conclusión es en último término que nuestra cultura siempre se basa en una serie de normas, lugares especiales e intentos de liberación a la hora de crear algo nuevo: visto así, casi todos los movimientos nuevos empiezan siendo un juego. ¿Sabía J.K.Rowling que iba a ser una escritora profesional a través de Harry Potter? ¿Aristóteles elaboró sus teorías buscando una verdad? ¿Compusieron los Beatles su primer álbum con el objetivo expreso de saltar a la fama?

No podemos negar que en todos estos casos existiesen ambiciones de fondo, pero eso no quiere decir que dicho proceso creativo no comenzase siendo un simple juego, en el cual su partícipe se involucra por puro placer, por necesidad de crear sus propias normas y marcar sus propias pautas. Posteriormente llegó el reconocimiento, el culto y la percepción social de dichas obras, pero las bases de éstos y otros procesos creativos siguen teniendo, aun así, bases muy parecidas fundamentadas en la diversión, la desconexión y el placer por lo que se hace. La Nueva Comedia en pliegos de cordel, las competiciones olímpicas o las batallas de gallos de rap no se enfocaron nunca al comercio y a la fama universal, sino que fueron juegos fundamentados en sí mismos, donde poder medirse y trascender (lo que no está reñido con sus intenciones ideológicas o políticas).

En El mundo está fuera no imaginamos nunca el haber llegado a los 29 programas. Con el principal objetivo de disfrutar y crecer como personas, decidimos crear nuestras propias normas, nuestro propio entorno. Muchas gracias a todos nuestros lectores y oyentes por haber decidido ser, durante muchos meses, parte de este juego, y por ayudarnos a crear este espacio donde opinar, construir y aprender al margen del día a día, pero sin perderlo de vista ni un solo segundo.

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Sangre y fronteras

En unos días, “Nubes de tinta” arranca con un nuevo ciclo temático dedicado al nacionalismo. Para ir viendo algo sobre el espíritu con el que se va a enfocar el asunto, dejo aquí un texto que escribí hace algunos años:

“Franja amarilla que separas dos rojas, dime por qué los que se mataron por un trozo de tela quieren mantener dividida hasta su sangre, siendo ésta realmente del mismo color.”

Te entiendo perfectamente…creo

Son muchos los filósofos, antropólogos y moralistas que en algún momento han tratado la soledad desde filtros diferentes: desde visiones más sociológicas, relacionadas con la marginación con respecto al grupo hasta posturas existencialistas que afirman que podemos sentirnos solos estando rodeados de gente.

 

Hoy, en el presente artículo, me gustaría afrontar el asunto mediante una perspectiva que quizá se haya tratado un poco menos, pero que está directamente asociada con las posturas antes mencionadas: me refiero a si el lenguaje, por su propia configuración, nos hace estar o no solos desde un primer momento.

 

La primera corriente contemporánea dedicada a un estudio científico del lenguaje fue el estructuralismo. Este movimiento tenía como base la idea de que el lenguaje funciona igual que la realidad. ¿Qué quiere decir esto? Que lo que nosotros decimos se refiere a algo que claramente existe en el mundo, y que nuestro interlocutor puede entenderlo mejor o peor. ¿No habéis tenido alguna vez la sensación de que hay personas a las que sois capaces de entender perfectamente?

 

Si tomamos esta premisa como base, la esperanza de no estar solos es bastante grande, ya que a lo largo de nuestra vida siempre podremos encontrar a alguien que comprenda nuestra situación a través de lo que contamos, que nos apoye siempre y que nos dé consejos. También encontraremos en esa persona un compañero capaz de rememorar mediante su producción verbal aquellas historias que os unen, y que llevan al sujeto A a sentirse acompañado del sujeto B.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX aparece, sin embargo, la postmodernidad, que empieza a dudar sobre la capacidad del lenguaje de transmitir un conocimiento real sobre el mundo, sobre lo que sentimos o sobre lo que nos pasa. ¿Y si cuando esa persona a la que tanto admiras te dice que te entiende pero en realidad la información que ha recibido se ha reducido solo a una simple interpretación con la que él está satisfecho? ¿Y si pasáis la vida entera pensando que os entendéis, pero realmente vais interpretando los problemas y retos ajenos como os viene en gana? ¿Cuántas veces habéis ido de fiesta, contado un problema y creído que realmente estáis siendo entendidos, cuando realmente la otra persona ha interpretado el mensaje de una manera distinta?

 

Yo puedo decir que siento dolor por no ser capaz de conseguir, por ejemplo, el trabajo de mis sueños. La persona que me acompaña recibirá el mensaje, pero lo interpretará en clave de su propio mundo; se remitirá a su experiencia, y a lo mejor ella, que estuvo solo dos meses en paro, no lo entiende como auténtico dolor, sino como un trance que hay que pasar. Sin embargo, ella dirá que te entiende (de hecho pensará que es así) y tú te quedarás con la falsa complacencia de haber sido entendido.

Yendo más allá, cuando narramos experiencias pasadas que hemos vivido en común, muchas veces ni siquiera las recordamos igual: le damos más importancia a unos recuerdos que a otros, y algunos incluso desaparecen, ya que cada uno dispone de sus propias relaciones semánticas. Si alguien termina una relación con su pareja, cabe la posibilidad de que uno navegue para siempre en los recuerdos para sentirse acompañado, mientras que la otra persona quizá ni siquiera recuerde muchos momentos.

 

En definitiva, si el lenguaje funciona como dice la postmodernidad, todos vivimos en nuestra propia burbuja, aislada y distinta de todas las demás, y el hombre estaría de facto acompañado, pero lingüísticamente solo.

 

Héroes y villanos del Ulster

En 1988 tres miembros del IRA Provisional, grupo terrorista norirlandés, fueron asesinados en Gibraltar. En la ciudad de Belfast, divida por una larga valla para evitar los disturbios entre católicos y protestantes, se hizo un funeral en honor a los caídos. Parte de la comunidad católica y republicana acudió a una cita que no tardó en tornarse en tragedia cuando Michael Stone, miembro de un grupo paramilitar anti-IRA se abalanzó sobre los allí reunidos abriendo fuego en nombre de la comunidad protestante, dejando tras de sí un reguero de víctimas. Poco después sería capturado por la policía y condenado a prisión hasta 2000, momento en el que volvería a quedar libre a efectos del Acuerdo de Viernes Santo.

 

Michael Stone
Mural en tributo a Michael Stone. En el círculo que rodea la imagen se lee la frase “su único crimen fue la lealtad”.

Tras el ataque, tanto católicos como protestantes cerraron rápidamente filas en torno a lo sucedido. Para la comunidad católica, Michael Stone no era más que un vulgar asesino; desde la perspectiva de la comunidad protestante era todo un héroe que con su incursión había defendido a su país del terrorismo republicano: tal fue así que en su honor se levantaron varios murales a lo largo de los barrios protestantes de Belfast. Su imagen no solo se representó mediante banderas lealistas (antiindependentistas) sino también a través de recursos históricos con los que incluso se lo compara con Guillermo de Orange, rey protestante que venció a los católicos en la batalla de Boyne de 1690. En definitiva, Stone había pasado de ser un paramilitar corriente a convertirse en un héroe para su comunidad.

“Habéis oído hablar del rey Guillermo III… ahora conoced al rey Michael Stone”

Dicho ejemplo nos recuerda a las conclusiones de nuestro último debate en El mundo está fuera, donde repasamos cómo los héroes no existen de manera objetiva, sino que son construidos por la comunidad y convertidos en el escaparate de su ideología. Héroes o no héroes, las paredes de la capital norirlandesa siguen mostrando cada día los rostros de asesinos en serie en ambas partes de la ciudad.

Para ver más murales, haz click aquí

Para saber más sobre el ataque al cementerio de Milltown, haz click aquí

Assassin de la police

“Eso a mí probablemente no me vaya a pasar” parafraseaba el otro día nuestro colaborador Daniel Luis, haciendo referencia a algunas voces que opinan sobre los atentados en París. Dicha frase me llamó poderosamente la atención, ya que recuerda mucho a una de las películas de cine social más importantes en la cultura francesa: La Haine (el Odio) salió a la luz en los años 90, y pretendía denunciar los problemas de integración social en las banlieues parisinas (barrios marginales en torno a la estereotipada ciudad del amor).

 

El largometraje, que narra la vida de tres personajes marginados (un joven de etnia negra, otro de origen magrebí y un tercero de religión judía) comienza con una frase muy abstracta, pero que justifica el argumento de toda la obra:

 

“C’est l’histoire d’un homme qui tombe d’un immeuble de cinquante étages. Le mec, au fur et à mesure de sa chute se répète sans cesse pour se rassurer : jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien.

Mais l’important n’est pas la chute, c’est l’atterrissage.”

 

(“Esta es la historia de un hombre que cae desde un edificio de cincuenta pisos. El tío, según va cayendo repite todo el tiempo la misma frase para tranquilizarse: hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien…

Pero lo importante no es la caída, es el aterrizaje”).

Y es que efectivamente, Francia estaba en caída libre en los 90 y no parecía darse cuenta. La violencia entre la policía y los habitantes de la banlieue era cada vez más constante debido a la marginación que sus vecinos vivían, en una progresiva falta de identificación con la cultura francesa, cada vez más entendida como opresora y asociada a la autoridad. Grandes barrios conectados entre sí por monótonos bloques de pisos y por el común sentimiento de aburrimiento y abandono que profesaban los jóvenes eran la identidad de estos grises lugares, donde el desempleo y el abandono escolar revolucionaban las estadísticas nacionales. El malestar se tradujo en los grandes disturbios de 2005, y a partir de entonces, desde la prensa internacional parecía que el problema había desaparecido… pero no, la caída continuaba, y Francia era “el tío” que se repetía una y otra vez que hasta aquí todo iba bien.

Según el periodista Sami Nair, el estado invirtió grandes cantidades de dinero en estos barrios, pero en ningún momento se preocupó por conseguir una sociedad integrada. En otras palabras, la cultura francesa no ha sido capaz de integrar como parte de su identidad realidades de Próximo Oriente y África, y el abandono y la desgana, desde entonces, han contribuido notablemente a promover fanatismos y radicalismos religiosos.

¡Qué sorpresa que los terroristas de París no sean sirios, sino alemanes y franceses! Según el canal germano ZDF, la mayor parte de las páginas que promueven el yihad están precisamente redactadas en alemán y francés. Recientemente, François Hollande visitaba una fábrica del extrarradio, a donde pudo entrar fácilmente pero no salir (debido a la gran cantidad de vecinos indignados, que bloqueaban la salida). La situación, decía un analista,estaba fuera de control, y ni ejército ni policía podrían solucionar la venidera catástrofe; palabras aparentemente oraculares, pero que si nos fijamos en el desarrollo de la marginación en las banlieues, no lo son tanto.
El terrorismo yihadista es efectivamente un problema global, pero nuestra cultura, orgullosa y convencida de sus valores, ha ido sembrando problemas locales en todo el mundo desde hace siglos, y muchos de ellos sin querer y en su propia casa, por no adoptar las medidas de integración y tolerancia que las circunstancias exigieron.

La ley de la selva

En la época de la Inglaterra imperial, uno de sus más tenaces ideólogos elaboró lo que hoy es un clásico de la literatura anglosajona:

 

“Garras, uñas y colmillos: Adelante.

Es la hora del salto y de la presa.

¡Escuchad la llamada y cazad bien,

observando las leyes de la Selva!”

 

Con estas líneas comienza Ruyard Kipling El libro de la selva, de entre las cuales he escogido el fragmento aquí presentado.

 

Santo Tomás de Aquino determinó en su tiempo dos leyes que se complementaban entre sí: la ley natural, creada y derivada de Dios y la ley positiva, diseñada por los hombres para administrarse. En El libro de la selva es interesante observar el comportamiento antrópico de los animales: dotados de una lengua natural, capaces de reunirse en consejo (así aceptan los lobos a Mowgli en la manada) y con una ley común, se organizan exactamente igual que las comunidades humanas. En la obra de Kipling, los animales ocupan el lugar del hombre.¿Cuál es, entonces, el puesto que ocupa el ser humano? Si los animales se rigen por la Ley de la selva o ley positiva, Mowgli se encuentra en un plano superior, equivalente a la ley natural de Dios. Muy reseñable es en referencia a esto la función que Mowgli ejerce como pastor (con todas sus connotaciones religiosas) para guiar a los animales contra Shere Khan. A su vez, es un ejemplo de sacrificio y de caudillaje, que manda y guía a los animales de la selva e incluso, al igual que Cristo, goza de una doble naturaleza entre el mundo divino y el terrenal (entre la selva y el poblado). Así habla Mowgli en primera persona al final de su historia:

 

“Tengo llagas y heridas en la boca, por las piedras de la aldea, pero estoy muy contento de haber vuelto a la selva, ¿por qué? Ambas cosas luchan dentro de mí, como luchan las serpientes en primavera”

 

Esta era la manera de ver el mundo de los europeos de finales del XIX que, muy lejos de cualquier sentimiento ecologista, se creyeron dueños de la naturaleza. Los sucesos acaecidos en el XX y las nuevas corrientes de pensamiento darán lugar a visiones del ser humano desprovistas de estos rasgos de dominio.

 

Para saber más sobre El libro de la selva pincha aquí, en el segundo programa de El mundo está fuera.

 

 

 

Vigilar y castigar

En el último programa de El mundo está fuera hablamos sobre la legalización de la marihuana y otras drogas, sobre sus efectos nocivos y sobre su impacto en la sanidad pública. El debate, a grandes rasgos, se desarrolló entre dos variables directamente relacionadas: el estatus legal de las drogas y su repercusión social a nivel sanitario. ¿Sería irresponsable facilitar su acceso al motivar una potencial difusión de su consumo? ¿Legalizar la marihuana supondría extenderse también a sustancias convencionalmente más peligrosas como cocaína y heroína?

Ya que este enfoque quedó bastante trabajado el otro día, presento aquí una breve reflexión en torno a la legalización asociada con una tercera variable: el poder. Una gran película de nuestra época, Tropa de Élite, me ayudará sin duda en esta labor. Para quienes no la conozcan, se trata de una historia ambientada en las favelas de Río de Janeiro: un equipo especial de seguridad, el denominado BOPE, es el encargado de desactivar organizaciones de traficantes cuando la situación se le va a la policía de las manos.

Como trasfondo de los hechos narrados en la película, se lee entre líneas una de las obras más importantes de Michel Foucault, Vigilar y Castigar (Surveiller et punir), mencionada de hecho en una de las escenas. Una de las ideas vertebradoras del pensador francés es la de la existencia de distintos grupos de poder que crean su propio funcionamiento y códigos dentro de una sociedad. Esto es lo que ocurre en los barrios marginales de Río de Janeiro, donde los cabecillas del tráfico de droga tienen la llave del control social e ideológico frente a la mirada de un estado impotente e ineficaz. La alta conflictividad en los barrios no se debe por tanto a la droga en sí, sino a los grupos de poder que genera su comercialización al margen de la ley, los cuales van creando sus propias jerarquías.

Fotograma de la película (Capitán Nascimento)
Fotograma de la película (Capitán Nascimento)

Este hecho se ve también en la película, ya que la gente de fuera de las favelas solo puede entrar en ellas aceptando las condiciones de los traficantes. Existe, por tanto, un control de facto del espacio físico donde el estado -a pesar de su fuerza bruta- no consigue hacerse respetar. La clave, diría Foucault, reside en la autoridad ideológica de estas redes de poder, que consiguen crear un discurso de resistencia a la autoridad (lo cual, dadas las características de las intervenciones policiales, no resulta complicado).

Si algo promueve estos núcleos de poder es precisamente la ilegalidad de los estupefacientes. Seguramente, las consecuencias de la legalización no sean todas buenas; sin embargo, una cosa parece bastante clara, y es que para muchos rincones del mundo donde gobiernan la arbitrariedad y la ley del más fuerte, los daños de la droga van más allá de lo sanitario. Cada año en Brasil, cientos de niños echan su infancia a perder para convertirse en traficantes, y numerosas familias son amenazadas o subyugadas por los caciques de su zona. Visto de esta manera, la legalización de la droga eliminaría estos regímenes periféricos donde la posibilidad de elegir se reduce a veces a colaborar con ese oscuro mundo o ser tragado por él.