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Epílogo de un sentimiento

“Parece mentira. Ha pasado tanto tiempo desde aquel cálido día.” Bien podría parecer esto una de las letras que tan bien compone nuestro cantante Javier Báez, pero en este caso poco mejor se puede expresar la realidad de este momento, mezclado de orgullo y tristeza a partes iguales. Hoy día 30 de abril los micrófonos de “El mundo está fuera” se apagan temporalmente, pero se despiden con la satisfacción de haber acogido a lo largo de treinta programas a muchos jóvenes ilusionados, y de haberles dado la oportunidad de poner voz a un sueño.

Ha dado igual que unos sean de Ciencias y otros de Letras. Ha dado igual que unos estén en Bachillerato, otros en la universidad y otros ya trabajando. Ha dado igual que unos sepan de Historia, otros de música y otros de Física. Ha dado igual que unos tuvieran miedo al micrófono y otros ganas de comérselo. Ha dado igual que unos fueran de Aluche, otros de Zaragoza y otros casi de Kenia. Todo eso nos ha dado igual, porque durante estos ocho meses todos hemos compartido una única ilusión: ofrecer al que nos escucha lo mejor de nosotros.

Ha habido diferencias que han llevado a pequeños conflictos, necesarios para crecer como locutores y como personas. Pero también ha habido diferencias, y creedme que estas han sido mucho más frecuentes, que han permitido hacer de “El mundo está fuera” un espacio mucho más completo. Porque solo siendo diferentes hemos conseguido sacar grandes ideas en las tertulias y llevar al oyente por una montaña rusa en la que ha pasado de conocer los mejores inventos de la tecnología a reírse con las noticias más curiosas. Hemos querido que viajéis, desde los mejores bares de Madrid hasta la cultura más profunda de Grecia y Roma. Y también hemos buscado que aprendáis a ver la vida de múltiples maneras con los entrevistados que han pasado por nuestro programa. Si hemos conseguido por lo menos una parte de todo esto, habremos cumplido nuestro objetivo, ese por el que nació “El mundo está fuera” y por el que madrugamos con una sonrisa cada fin de semana.

Y tan trepidante como poder hablar delante de estos micrófonos han sido las experiencias que hemos vivido detrás de ellos, haciéndonos fotos en las calles de Madrid, recogiendo kilos de comida en el concierto solidario de Navidad o entrevistando a los embajadores de Israel y Palestina. El programa nos ha hecho compañeros, pero sobre todo nos ha hecho amigos. Y esa relación es vital para poder continuar una temporada más y para transmitir al que está al otro lado nuestra parte más humana y juvenil.

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Después de treinta programas y ocho meses son muchas las personas a las que tenemos que agradecer que “El mundo está fuera” haya llegado tan lejos. Sin duda, los primeros y más importantes sois vosotros, los oyentes. Los que vais en el Metro acompañados de nuestra sintonía o sacáis un ratito de vuestro tiempo, cada vez más valioso, para escuchar lo que os traemos cada semana.

No podemos olvidarnos de todas las personas que hacen posible este programa, y con esto no quiero parafrasear a nadie. Me refiero, por supuesto, al Ayuntamiento de Madrid; al grupo cultural Co-Incidencias; a las personas responsables del centro juvenil Chamberí y del centro sociocultural Almirante Churruca, que nos han acogido cada sábado; a RNE, que desde el principio está detrás de este proyecto, y a todos los invitados que han venido a compartir sus experiencias al programa.

Sin todos vosotros no sería posible una segunda temporada. Habéis conseguido que EMEF sean mucho más que unas siglas, que cuatro letras signifiquen muchas cosas, que las 23 personas que han pasado por estos micrófonos hayan hecho realidad el sueño de tener un programa de radio como “El mundo está fuera”.

Volvemos muy pronto.

 

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¿Einstein o Shakespeare?

La eterna pelea en cualquier aula de Bachillerato. ¿Es mejor ciencias o letras? Aquí lo lógico es que cada uno tire para su terreno, pero parece que todos coincidimos en que los de ciencias son más listos y los de letras más cultos. ¿O no?

Muchos de nuestros tertulianos destacan que la separación entre estos dos ámbitos de la vida y del conocimiento es puramente abstracta, y genera una división social que no es real. Y en el caso de que esta existiese, que parece que la sociedad así lo ha impuesto, ¿por qué señalar una como la mejor?

Está claro que la filosofía (entendida como una disciplina dentro del campo de las letras) influye en el pensamiento científico; pero el método científico, consistente en estructurar y analizar las ideas desde un punto de vista técnico, es utilizado en disciplinas como la sociología, la historia o las relaciones internacionales.

Por otro lado, siempre se piensa que los estudiantes de ciencias tienen mejores capacidades para el estudio y que su futuro es más prometedor, al menos en los tiempos que corren. No obstante, estos tienden a ser demasiados “analíticos y minuciosos”, como señalaba Laura Garcés, en aquello que estudian, sin ser muchas veces capaces de levantar la vista y hacer una reflexión o interpretación más general.

En el conflicto ciencias-letras se introduce a menudo el concepto de “cultura”, tradicionalmente más relacionado con las humanidades o las ciencias sociales. “¿Acaso no es cultura conocer de ciencia?”, preguntaba Ismael Traspas. Desde luego, son dos ideas conectadas. La ciencia tiene una gran repercusión en la cultura de un pueblo, y el motor que mueve la investigación científica es muchas veces cultural. Por ello, la cultura no es solo conocer las capitales del mundo o las batallas que ganó y perdió Napoleón, sino también la tabla periódica, los huesos del cuerpo humano y en qué consiste el efecto invernadero.

Es muy probable que el debate entre estos dos mundos se mantenga en el tiempo, sin llegar a asegurar nunca cuál está por encima del otro. Pero, ¿por qué establecer esta absurda separación? ¿Qué queremos conseguir considerando una como la más valiosa? Las ciencias son la base, nos garantizan lo indispensable para vivir cómodamente (sanidad, infraestructuras de transporte…), y las letras marcan el grado de desarrollo de una sociedad y nos hacen sentirnos autorrealizados como especie, convirtiéndonos en pensadores y artistas. Más allá de ello, todo son pequeñas disputas de colegio que no llevan a nada. Letras y ciencias, ciencias y letras. Ambas fundamentales.

 

imagen ciencias letras

Separamos las ciencias de las letras por su manera de contemplar y de entender el mundo