Vigilar y castigar

En el último programa de El mundo está fuera hablamos sobre la legalización de la marihuana y otras drogas, sobre sus efectos nocivos y sobre su impacto en la sanidad pública. El debate, a grandes rasgos, se desarrolló entre dos variables directamente relacionadas: el estatus legal de las drogas y su repercusión social a nivel sanitario. ¿Sería irresponsable facilitar su acceso al motivar una potencial difusión de su consumo? ¿Legalizar la marihuana supondría extenderse también a sustancias convencionalmente más peligrosas como cocaína y heroína?

Ya que este enfoque quedó bastante trabajado el otro día, presento aquí una breve reflexión en torno a la legalización asociada con una tercera variable: el poder. Una gran película de nuestra época, Tropa de Élite, me ayudará sin duda en esta labor. Para quienes no la conozcan, se trata de una historia ambientada en las favelas de Río de Janeiro: un equipo especial de seguridad, el denominado BOPE, es el encargado de desactivar organizaciones de traficantes cuando la situación se le va a la policía de las manos.

Como trasfondo de los hechos narrados en la película, se lee entre líneas una de las obras más importantes de Michel Foucault, Vigilar y Castigar (Surveiller et punir), mencionada de hecho en una de las escenas. Una de las ideas vertebradoras del pensador francés es la de la existencia de distintos grupos de poder que crean su propio funcionamiento y códigos dentro de una sociedad. Esto es lo que ocurre en los barrios marginales de Río de Janeiro, donde los cabecillas del tráfico de droga tienen la llave del control social e ideológico frente a la mirada de un estado impotente e ineficaz. La alta conflictividad en los barrios no se debe por tanto a la droga en sí, sino a los grupos de poder que genera su comercialización al margen de la ley, los cuales van creando sus propias jerarquías.

Fotograma de la película (Capitán Nascimento)
Fotograma de la película (Capitán Nascimento)

Este hecho se ve también en la película, ya que la gente de fuera de las favelas solo puede entrar en ellas aceptando las condiciones de los traficantes. Existe, por tanto, un control de facto del espacio físico donde el estado -a pesar de su fuerza bruta- no consigue hacerse respetar. La clave, diría Foucault, reside en la autoridad ideológica de estas redes de poder, que consiguen crear un discurso de resistencia a la autoridad (lo cual, dadas las características de las intervenciones policiales, no resulta complicado).

Si algo promueve estos núcleos de poder es precisamente la ilegalidad de los estupefacientes. Seguramente, las consecuencias de la legalización no sean todas buenas; sin embargo, una cosa parece bastante clara, y es que para muchos rincones del mundo donde gobiernan la arbitrariedad y la ley del más fuerte, los daños de la droga van más allá de lo sanitario. Cada año en Brasil, cientos de niños echan su infancia a perder para convertirse en traficantes, y numerosas familias son amenazadas o subyugadas por los caciques de su zona. Visto de esta manera, la legalización de la droga eliminaría estos regímenes periféricos donde la posibilidad de elegir se reduce a veces a colaborar con ese oscuro mundo o ser tragado por él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s