Los demás como espejo del alma

“Todos somos extraños para nosotros mismos, y si tenemos alguna sensación de quiénes somos, es solo porque vivimos dentro de la mirada de los demás”: así reza el texto compartido por nuestra colaboradora Selena González, escrito por el novelista Paul Auster. Esta afirmación, corta y eficaz, resume en pocas líneas uno de los temas más escurridizos para las Humanidades, la cuestión de la identidad.

Tradicionalmente, la identidad se entendió como la característica principal de uno, que le define en su forma de ser y de actuar. Si nos ceñimos a esto, nuestra identidad existe en nuestra cabeza, y sólo nosotros podríamos entender cómo nos sentimos, lo que pensamos y, sobretodo, quiénes somos. Este principio daría lugar a famosas frases como “yo sé lo que me digo” o “es como si me leyeras la mente”.

 Este era un problema que preocupó especialmente al filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein, que valoró la opción de que quizá acceder a la cabeza de los demás, al territorio de lo privado, no fuera más que una ilusión. Para el autor austríaco, el pensamiento sólo existe cuando se verbaliza, es decir, no estaría dentro de nuestra cabeza, sino solamente en el contexto y en la interacción.

¿Qué revela Wittgenstein con esta teoría? No es que no podamos acceder al pensamiento privado de los demás, sino que no existe tal pensamiento privado. Cuando yo manejo términos como horrible, hermoso, odioso o dulce, expreso los conceptos creados por toda una comunidad, que yo he interiorizado a base de observar cómo parecen ser los demás. Según esto, si yo visto de determinada manera para ser rebelde, la idea no es original, sino que parte de una serie de imágenes y comportamientos que he aprendido como animal social, relacionados con lo comúnmente aceptado como transgresor. Si la identidad y el pensamiento existen solo en lo que nos rodea, y no dentro de nosotros, ¿no serán los demás los que me conocen a mí, como parte de ese contexto? ¿Puede una cámara de video grabarse a sí misma? ¿Puedo ver mi propio rostro, acaso, sin necesidad de un espejo o sin alguien que me diga cómo soy?

Las preguntas, obviamente, son de libre contestación. No son, por otro lado, un mal recurso para acabar con ciertos tópicos, como el del “ser especial” o el del artista egocéntrico, que miran al resto del mundo por encima del hombro en una sociedad que ha perdido todo el sentido de lo común.

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