Sobre el suicidio

En nuestro último debate de “El mundo está fuera”, Alejando Gil apeló a la manera de ver la vida que tenían los griegos, en una reflexión en torno al suicidio. Entender la muerte hoy en día es, para muchos, solo posible comprendiendo la manera de aproximarse a ella en otras épocas.

Si prestamos atención a algunas religiones anteriores al cristianismo (tachadas por este de “paganas”), es posible advertir que las culturas mesopotámicas concibieron la vida como el reflejo de un cosmos perfecto y ordenado. Hasta tal punto era así que cuando el sujeto moría, su alma se reordenaba en dicho cosmos. Esta percepción permitía valorar la vida de por sí (sin tener en cuenta una hipotética vida futura), ya que no se concebía una suerte de mundo posterior que hiciese que lo terrenal fuera secundario: la vida, si se respetaba el culto a lo divino, exigía cierto placer por parte del ser humano para que mereciese la pena ser vivida.

Algo distinto, pero con puntos en común, ocurría en Egipto. Si la vida de ultratumba era un reflejo de la vida terrenal (y no al revés, como reza la cultura judeocristiana), la vida tenía sentido cuando esta era feliz: si por algo un faraón podría morir tranquilo era por la posibilidad de llevar consigo sus efectos personales, convirtiendo el más allá en algo digno en función al poder en el mundo terreno.

Griegos y romanos se vieron influenciados por algunas de estas ideas, hasta que el Cristianismo se extendió por Europa, difundiendo una perspectiva distinta en la manera de asumir la vida. Las tres religiones del libro (judaísmo, cristianismo e Islam) son también llamadas “mistéricas”, en el sentido de que entienden el designio de Dios como un misterio, pero que en cualquier caso está teñido de connotaciones positivas, creando todo un universo metafísico en torno a la idea de cielo. Frente a este paraíso sin igual, utilizado como consuelo existencial, se empezó a entender la vida como un “Valle de lágrimas” contingente a un mundo posterior o, en otras palabras, algo que había que sufrir para llegar a lo que, desde la perspectiva tomista, es nuestro fin último y verdadero.

Es curioso como esta base del cristianismo, que poca importancia le da a la vida en sí misma frente al más allá, encuentre precisamente en este punto una de sus mayores contradicciones: que sean los cristianos los que usen el argumento de la vida para condenar el suicidio o el aborto. ¿Es la vida a cualquier precio una vida digna? En otras épocas anteriores al cristianismo se pensó que no, y es precisamente en la mitología clásica donde encontramos una buena lista de ejemplos. El Romanticismo también  enfocó la muerte como algo liberador y, a día de hoy, hay todavía un poco de esto. En cualquier caso, y al margen de toda contradicción, parece que el cristianismo cada vez puede luchar menos contra la concepción ultraindividualista de la vida marcada por el siglo XXI, en la que decidir cuándo acortarla empieza a parecer una opción fruto de lo que consideramos “nuestra libertad inherente”. Frente a los miedos de la sociedad moderna (la demencia senil, la longevidad excesiva y el sentimiento de carga a nuestros allegados) da la sensación de que este principio, al margen de lo humano o monstruoso que nos parezca, parece cobrar cada vez más fuerza.

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